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Blog de Alberto Monzón

Las batallitas del abuelo

Alberto Monzón 28/01/2014
  • La nostalgia sólo se acuerda de la parte buena de este negocio

No sé si es por el tono grisáceo del cielo o por mi reciente cumpleaños, pero lo cierto es que hoy me levanté con la vena del motor en estado nostálgico. Parece que, aunque aparentemente latente, sigo teniendo la necesidad de buscar el límite, de sentir que el coche es una prolongación de ti mismo, de necesitar la perfecta entonación y ritmo de tu copi para alcanzar la concentración absoluta y dar el máximo; algo que me costaba conseguir al 100% pero que cuando llegaba a ese cenit me hacía sentir imbatible. En pocas palabras, sentirme realmente vivo. 

Evidentemente, la nostalgia sólo se acuerda de la parte buena de este negocio. Si me pusiera a pensar en la parte negativa de las carreras tendría para escribir unos cuantos blogs, pero esa no es la idea. Hoy no toca. En la línea que iba, de repente me vino a la cabeza una carrera muy especial para mí, ya que es realmente difícil concentrar tantas sensaciones en tan corto espacio de tiempo. Hablo del Rally Isla de San Miguel de La Palma de 2002.

Recuerdo que ese sábado 6 de julio me presenté a la salida en Los Llanos de Aridane con una mezcla de sentimientos totalmente inusuales en mi forma de afrontar las carreras. Por un lado, tenía las ganas de ganar de siempre, pero por otro, aún tenía muy presente el fallecimiento de mi abuela, a la que estaba bastante unido, una semana antes. La gran Rosario Suárez y Suárez vivía justo en la casa que está encima de la mía, y siempre que me oía salir por la mañana a correr algún rally se asomaba y tras su inolvidable “ten cuidadito y no corras mucho, mi hijo” me lanzaba un paquete de sus galletas favoritas (María Dorada) con el consiguiente “pa que no te den unas fatigas”. Por esto y por muchísimas cosas más, mi abuela es un personaje inolvidable en mi vida.

Con este panorama, tras los dos primeros tramos, un inspirado Fran Suárez me llevaba 7,3 segundos. No estaba cómodo, no conseguía centrarme del todo. En su formato ‘tres por tres’, llegábamos a ‘Los Charcos– Las Manchas´ (meta en Bodegón Tamanca), un tramo que me gustaba especialmente. Ahí conseguimos reducir la distancia con el líder, metiéndole 2,9’’ para poner rumbo al parque de trabajo 4,4’’ por detrás. 

En la segunda pasada por el siempre complicado ‘El Pilar– San Isidro’ y cuando no había transcurrido ni un kilómetro vimos a Fran en una curva apeado de carrera tras una salida de carretera. El panorama cambiaba ostensiblemente, puesto que pasábamos a liderar la carrera y mi amigo ‘Migue’ Brito, que no había salido con demasiado ritmo en los tres primeros tramos, lo teníamos diez por detrás. Pero yo seguía sin estar cómodo, sin tenerlas todas conmigo, y ‘Migue’, que es perro viejo, olió la sangre y se puso las pilas.

Llegó el último bucle y el análisis era más o menos claro: 'Migue' nos ganaba en Tigalate, nosotros en Los Charcos y en El Pilar había ganado una pasada cada uno, así que para mí la clave estaba en este tramo. Hacia allí nos dirigimos para afrontar el desenlace. Salimos a correr mucho, tanto es así, que hay una imagen que nunca olvidaré. Fue coronando el punto más alto del tramo para empezar a bajar hacia San Isidro y, no sé si fue por el cambio ascendente a descendente, las humedades o las ganas, que en un rasante de izquierdas nos metimos un derrapada de esas en las que tiras la moneda al aire y la chica de la organización, que estaba en ese punto con la bandera amarilla, olvidó sus funciones por completo y empezó a saltar y a hacer aspavientos como una loca de la emoción. Prometo que nunca me distraigo tanto mirando lo que hay fuera de la carretera pero esa vez me fue imposible.

Ahora, por decir esto, hago un pequeño inciso ya que estoy contando batallitas de abuelito. Había otra cosa que, en el fondo, me hace gracia recordar. La prueba más gráfica que teníamos cuando íbamos realmente rápido era cuando por el rabillo del ojo, en un mismo tramo, veías a diferentes espectadores tirándose las manos a la cabeza cuando te veían aparecer.

Pero sigamos bajando hacia San Isidro. Íbamos buscando tanto el límite que al final lo encontramos casi llegando a meta, con tal suerte que no tocamos con nada muy duro y pudimos volver a la carretera sin daños en el valiente Toyota Yaris y perdiendo sólo unos segundos. Con este contratiempo y con el tiempazo de Brito en la tercera pasada de Tigalate nos presentamos al último tramo del rally tres segundos por detrás de él.

Lo que pasó a partir de ahí merece un capítulo aparte. En el tramo de enlace no podía dejar de pensar en lo mismo. Había sido un día muy raro y complicado después de una semana tan difícil, y recuperarle tres segundos a ‘Migue’ en un sólo tramo cuando éste venía en plena progresión, me parecía casi imposible. Pero era mi tramo y yo lo iba a intentar. De hecho, Aday y yo nos paramos a hacer tiempo sentados con nuestra espalda apoyada en una casa a orillas de la carretera, cada uno enfrascado en sus pensamientos, cuando Brito y Fariña se pararon y se sentaron a nuestro lado. Después de contarnos mutuamente las peripecias de los dos anteriores tramos y justo antes de empezar a prepararnos para salir al último, le miré de frente y le dije: “Amigo, te podría decir que es imposible remontarte esta diferencia y felicitarte de antemano por tu victoria, pero no te voy a engañar. Aquí no hay cama que valga, voy a salir a dar el máximo, lo tengo que intentar”. Él también fue totalmente sincero y me dijo que tampoco se iba a guardar nada. Quizás quien no haya competido a ciertos niveles esto no le diga nada, pero en un mundo a veces tan hipócrita y donde los puñales vuelan con tanta frecuencia, puedo decir que ese es uno de los mejores recuerdos que tengo de las carreras, casi a la altura de lo que ocurrió justo después. 

Cumplimos lo prometido, dimos nuestro máximo. Aday lo bordó, el coche no falló en ningún momento y yo me propuse aprovechar cada centímetro de asfalto, ya que tan sólo unos centímetros podían marcar la diferencia entre acabar en el hospital o en lo más alto del podio. Ese día cayó cara.

Con una velocidad media de 102 km/h conseguimos meterles 4,4’’ y ganarle el rally por 1,4’’. Esa jornada de fuertes sentimientos y emociones quedó sellada poco después de la meta con un abrazo al que pocas palabras hicieron falta para mostrarnos nuestro respeto mutuo. En otras ocasiones le tocó ganar a él, pero ese día necesitaba la victoria para poder dedicársela a mi abuela y así fue.

Después de un día tan intenso puedo asegurar que la noche en mis queridos Llanos de Aridane no lo fue menos. Pero eso lo dejamos para cuando escriba mis memorias o para una reunión secreta de granujillas del motor...

 

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Comentarios

1. Hola Alberto, por experiencia propia, ya te digo que las noches de Los LLanos de Aridane son como las de Las Vegas (dónde no he estado, hablo de oídas por películas de Tarantino), se quedan en Los LLanos, jajajaja, diez años ya de mi último rally állí, nos hacemos viejos compañero, pero expertos, que nos quiten lo bailado..., fuertes años de copas, las de coches y las de Borrachito, tu sabes de lo que hablo..., un saludo. Iván Moreno 01/04/2015 11:14:18

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