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Prueba: Nuevo Honda Prelude

Vivir muy próximo a la exposición de Honda (Alcorde) y de sus talleres a finales de los setenta, como fue mi caso, marcó de alguna forma mi apego al mundo del coche y la motocicleta. Cada novedad expuesta tras aquel escaparate de Mesa y López se convertía entonces en objeto de deseo. Aunque sin la capacidad productiva actual, la marca japonesa ya gozaba por entonces de una excelente reputación y sus vehículos se encontraban entre las preferencias del público que apreciaba especialmente el diseño, la calidad y fiabilidad de sus mecánicas.

El Civic, el Accord en sus distintas carrocerías e incluso el pequeño Z600 fueron preparando el terreno para la llegada de un modelo que supuso por entonces todo un bombazo. Me refiero al Prelude, un sedán de dos puertas con ínfulas de coupé que contribuyó a consolidar el prestigio de Honda como marca avanzada, al introducir a lo largo de varias generaciones, soluciones poco habituales para su tiempo, entre ellas la dirección a las cuatro ruedas.

Con la evolución de la industria, las prioridades han cambiado. La electrificación y la eficiencia han ido ganando protagonismo, mientras los estilos de carrocería tradicionales han cedido terreno ante la avalancha de los SUV. Ante este paisaje, por momentos anodino, la llegada del nuevo Prelude ha supuesto un auténtico soplo de aire fresco.

Su regreso demuestra que todavía queda espacio para un automóvil concebido principalmente para disfrutar al volante. Eso sí, lo hace interpretando la deportividad de acuerdo con los principios que hoy rigen en la compañía, con mecánica híbrida para tratar de meter las emisiones en cintura, además de una puesta a punto que con buen criterio huye de lo radical, para priorizar el equilibrio.

Poco habitual

Con 4,52 metros de longitud, 1,88 metros de anchura y apenas 1,36 metros de altura, el aspecto del nuevo Prelude ya representa una primera declaración de intenciones. Recupera las proporciones de un coupé clásico, con el frontal bajo y una línea de techo que desciende suavemente hacia la zaga, una estética realzada en nuestra unidad de prueba por un alerón trasero en negro brillante que favorece su silueta deportiva.

No es excesivamente agresivo, los faros delanteros ensanchan visualmente el frontal, mientras detrás, una banda luminosa recorre la zaga de extremo a extremo. Sí destacan las llantas de 19 pulgadas, acabadas en negro y equipadas con neumáticos de perfil bajo, tras las cuales asoman las pinzas Brembo de color azul, una pista clara de que detrás de su elegante apariencia, nuestro protagonista también tiene argumentos para emocionar.

A bordo

Al abrir la puerta resulta evidente su relación con el Civic. La organización y disposición de los mandos y buena parte de la instrumentación replican las del actual compacto, aunque Honda ha introducido distintos elementos para darle identidad propia.

Los asientos deportivos, con sujeción lateral, contribuyen a crear una atmósfera especial mientras la calidad general de la ambientación es buena. La posición de conducción es especialmente baja y excepcionalmente cómoda, incluso si la altura de la persona al volante supera al de la media. Otro detalle favorable es que se mantienen algunos mandos físicos como los de la climatización, lo que facilita su uso sin tener que apartar la vista de la carretera.   

La instrumentación digital ofrece distintas configuraciones y cambia de aspecto según el programa de conducción seleccionado. En el centro del salpicadero aparece una pantalla táctil con el sistema Honda Connect y la consola central, además del selector de marchas, acoge el botón que activa el sistema S+ Shift, una de las principales novedades del modelo y sobre el que posteriormente insistiremos.

Configurado como un 2+2, la regulación de los asientos delanteros y del volante permite encontrar con facilidad una postura adecuada. Las plazas posteriores es otro cantar, la caída del techo limita tanto el acceso como el espacio, en cualquier caso, cuesta imaginar que alguien haya puesto la habitabilidad entre sus principales argumentos a la hora de adquirir su Prelude.

Sí sorprende la capacidad del portabultos. El gran portón facilita el acceso a un maletero de 264 litros, ampliables hasta 663 al abatir los respaldos posteriores. Cuenta, además, con una cortinilla que cubre la carga y la mantiene oculta de miradas indiscretas.

Una mecánica conocida

Fiel a los fundamentos que marcan su estrategia actual, Honda utiliza la tecnología híbrida para reconciliar prestaciones y eficiencia. El sistema combina un motor de gasolina 2.0 de ciclo Atkinson con dos unidades eléctricas. Una se encarga principalmente de impulsar el vehículo y la otra actúa como generador, adaptando sus características para imprimirle una respuesta acorde al carácter del nuevo cupé deportivo.

La potencia es de 184 CV y el par alcanza los 315 Nm, transmitidos siempre al eje delantero. La pequeña batería se recarga automáticamente durante la marcha, por lo que no es necesario conectarla a una toma de corriente. La gestión del sistema se realiza de forma automática y el comportamiento, aunque depende del programa de conducción seleccionado, en general permite una respuesta inmediata y muy progresiva, alcanzando los 100 km/h desde parado en 8,2 segundos.

Este registro explica bastante bien cuál es su planteamiento. Honda no ha buscado crear un coche extremo en reacciones, sino un coupé rápido y sobre todo eficiente, con un consumo que apenas supera los cinco litros a los 100 kilómetros, y unas emisiones de 117 g/km de CO2 que respaldan esa orientación.

Este postulado se puede aplicar también a sus reacciones. Para ello, Honda toma prestado del Civic Type R parte de su configuración, incluida la suspensión, así como otros componentes asociados al chasis para adoptar una puesta a punto, eso sí, algo menos radical. En general se muestra más permisiva lo que permite circular con comodidad cuando el firme no acompaña, al tiempo que se torna de lo más precisa cuando aumentamos el ritmo.

Los frenos Brembo son el perfecto contrapunto, revelándose como el complemento ideal a la hora de mejorar el comportamiento dinámico de todo el conjunto. Y esta es su principal virtud, la capacidad de transmitir sensaciones de deportivo con gran naturalidad, sin ser un coche exageradamente potente.

A ello contribuye también el sistema S+ Shift que se activa mediante el pulsador S+ situado sobre la consola central. El Prelude, como el resto de la gama híbrida de Honda, prescinde de una transmisión convencional. En su lugar, esta función recrea el funcionamiento de una caja secuencial mediante seis relaciones simuladas que el conductor selecciona con las levas del volante.

Sobre el papel puede parecer un recurso artificial, sin embargo, está lo suficientemente bien logrado como para resultar de lo más divertido. Las levas acompañan a cada aceleración, también durante las reducciones, variando el régimen y el sonido. No obstante, conviene recordar que no existe una relación mecánica real, el sistema lo único que hace es jugar con las sensaciones y sobre todo, hacer más entretenida la conducción.

Veinticinco años después, Honda recupera uno de sus nombres históricos para evocar su legendario apego por la deportividad. Pero no lo hace de forma convencional -el Prelude tampoco lo es-, sino mediante una fórmula capaz de reunir todo lo que la marca quiere representar, personalidad, eficiencia y un toque estimulante que a los que nos gusta conducir, siempre puede servir de excusa para alargar el camino de vuelta a casa.

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